VIAJAR SOLA

El día en que decidí dejarlo fue el mismo día que decidí viajar sola.

Luego de una relación de 5 años decidimos separarnos y me quedé sola ahí en medio de esa casa vacía, vendimos todo lo que teníamos y nos dividimos el dinero en partes iguales. Es muy extraña esa sensación de recordar todo lo que ahí se ha vivido; nunca antes había visto lo blancas que eran las paredes, la vaciamos por completo, no quedó nada; incluso la mancha de vino tinto que alguna noche de pasión se derramó por ahí ya no estaba, tal vez nunca existió.

El dinero en mi cuenta me recordaba el fracaso de aquella relación, así que decidí invertirlo en un viaje

Nadie de mis amigos estaba disponible para acompañarme en una aventura, pero yo necesitaba tomar distancia y despejar mi mente; así que decidí irme sola al caribe mexicano; específicamente a la Riviera Maya.

Encontré un vuelo muy barato a Cancún y sin dudarlo lo compré. Un mes más tarde y sin saber lo que me depararía el destino comencé mi aventura.

Tracé una ruta hacia lo desconocido desde Cancún hasta Chetumal en 7 días.

Primer parada, Mercado 28.

Las playas de Cancún y la zona hotelera son lugares que ya conocía, por lo que la verdad no me interesaba mucho. Quería conocer cosas nuevas.

Fui al Mercado 28 ya que siempre he creído que los mercados son el alma de los vecindarios; siento que ahí es donde puedes conocer la verdadera esencia del lugar que estás visitando y así fue. Desde que entré el olor a caldo de mariscos me hizo sentir cerca del mar; los cuchicheos de las conversaciones de la gente con un acento extraño me recordaban que estaba lejos de casa. Los colores de las artesanías y los vestidos típicos del estado de Quintana Roo me hacían sonreír a cada paso; pude probar el sabor de una mañana calurosa y relajada ahí estaba yo en este mercado mezclada entre los locatarios. Estaba muy orgullosa de mi país y sobre todo de mi decisión de haber viajado sola, tal vez con alguien como compañía mis sentidos no hubieran estado tan perceptivos.

Segunda parada, Tulum y Cobá

Cobá

Muy cerca de la famosa glorieta del ceviche en Cancún, está la terminal de autobuses en donde me embarqué a mi segunda parada directo a Tulum. Desde las cabañitas donde me hospedé; podía ver las famosas ruinas de Zamá a la distancia; pero la zona arqueológica que yo realmente quería conocer era la de Cobá, ya que ahí se encuentra la pirámide más alta de la península de Yucatán que se eleva a 42 m de altura.

Para recorrer esa zona arqueológica es necesario rentar una bicicleta; ya que tiene una extensión de un poco más de 70 km. Desde las alturas puedes ver toda la selva, sentada desde ahí; pude detener el tiempo para sacar todos los miedos que aún me acompañaban; ya que al ser mi primer viaje en solitario el miedo de que algo peligroso pudiera pasarme seguía latente. En ese lugar, sentí por primera vez era dueña de mi tiempo y desde entonces empecé a caminar a mi ritmo; Cobá me abrió las puertas a un mundo distinto, en el que sólo estaba yo para acompañarme.

Tercer parada, Mahahual

Mahahual

Mahahual llamado también el corazón de la costa Maya, es un pequeño pueblo costero un verdadero paraíso que me recibió con los brazos abiertos. Con sus hermosas playas y comida deliciosa, la gente es muy amable y siempre me hicieron sentir segura; aquí conocí a otros viajeros que como yo también iban solos. Al parecer esta práctica debería ser obligatoria para todos los seres humanos; descubrí que cuando viajas sola estás más abierta a infinitas posibilidades; ya que cuando lo haces acompañada, todas ellas siempre se reducen entre las personas que viajan. Muchas personas se acercaban para conversar, al principio la verdad tenía miedo, pero luego fui tomando más confianza y decidí dejar fluir, conocí a gente muy interesante.

Parada improvisada, Bacalar

Entre estos viajeros solitarios con los que conversaba conocí a Dan, un canadiense que llegó a Mahahual también desde Cancún y a Luis un mexicano de Monterrey que nos habló maravillas de Bacalar; él había estado ahí y nos lo recomendó ampliamente además no estaba muy lejos, así que Dan y yo decidimos ir al día siguiente.

Eran las 8 de la mañana cuando iniciamos el recorrido. Lo que más me gusta de cuando voy a la playa es poder despertarme con el ruido de las olas del mar; poder salir y sentir los rayos del sol en mi piel y ese olor a sal inconfundible. Dan tenía carro, eso nos facilitó llegar a Bacalar y en menos de una hora ya estábamos ahí.

Fue como haber llegado al mismo cielo, la laguna y sus siete colores eran el mismo cielo fluyendo como agua en el suelo. Era tan perfecto que parecía una pintura, una obra de arte. Primero paramos en un restaurante para desayunar con vista al muelle; luego nos embarcamos en un velero durante 4 horas en las que recorrimos cada rincón de la laguna. Nuestro capitán era Juan, un argentino muy simpático; lo que hizo de esta experiencia toda una aventura multicultural sobre el agua. La verdad fue un paseo terapeútico para mi alma, con la tranquilidad del agua bajo nosotros, sin ruido de motores ni música, tan sólo una buena charla.

De vuelta en tierra, disfrutamos de una parrillada de mariscos viendo el atardecer, el cielo y la laguna se fundieron en colores para darle la bienvenida a una hermosa luna.

De regreso a casa…

Luego de pasar todo el día en Bacalar; mi amigo Dan y yo volvimos a Majahual para brindar por nuestra aventura y despedirnos en un restaurante junto al mar; en donde más tarde se armó un karaoke entre todos los viajeros. El día siguiente tomé un avión de vuelta a casa desde Chetumal.

Ha pasado un año desde entonces y ya estoy planeando otro viaje en solitario. Aún no he decidido mi destino pero me emociona pensar en la aventura que me aguarda; porque al final no se viaja sola, se viaja con uno mismo.

Por Viridiana Marín Marín

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